Compasión y crueldad en El museo de la inocencia

12647057_10153240070966207_2331023086396504364_n¿El amor puede ser cruel?

Y si lo es, ¿entonces es amor?

¿Qué hay de sentimientos como la compasión o la inocencia?

Podría detenerme solo en esto o en el tema de la entrega inocente (la virginidad), tan sensible en el mundo musulmán turco, central en sus telenovelas (hey, tú que te dejaste seducir con Las mil y una noches y Fatmagul), si quiero analizar El museo de la inocencia de Orhan Pamuk.

O quizá detenerme en lo que pasa con estos sentimientos aquí en la periferia…

La compasión y la inocencia aquí en el Perú.

El museo de la inocencia de Orhan Pamuk es una historia de amor que se vuelve obsesiva. Entre Kemal y Fusun (nuestros protagonistas) existe además una relación de parentesco. La bella y sensual Fusun es la pariente pobre del millonario Kemal, quien está a punto de casarse y a cuya ceremonia de pedida de mano está invitada como familiar lejana. Este idilio se ha “encarnado” (ha sido desvirgada) cada tarde en el edificio Compasión, propiedad de la familia de Kemal. Luego de esta ceremonia, se interrumpe el idilio. Fusun desaparece junto a su familia y es Kemal quien entra en una fuerte depresión y vacío, los cuales trata de superar buscando a Fusun por todo Estambul.

Por aquel entonces ni los nombres de las calles ni los números eran demasiado coherentes y, como en tiempos de los otomanos, las familias grandes y adineradas se identificaban con las grandes mansiones y edificios en los que vivían todos juntos. Otra tendencia en aquella época era llamarlos según principios y valores sublimes; pero mi madre decía que los que llamaban a los edificios que construían “Libertad”, “Bondad” o “Virtud” en realidad salían de entre la gente que se habían pasado la vida pisoteando dichos principios.

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Compasión: sentimiento de lástima por los males ajenos.

Sí, he vuelto al diccionario, porque me parece a veces difícil la significación fidedigna. Hago esto porque quiero extrapolar esta definición a lo expresado por Salomón Lerner en el último número de la revista Poder, en relación a la labor artística y su relación con el pasado. Hoy que el tema se discute más y se hace cada vez más grande. Me toca a mí después de años de investigación, escritura y reescritura, hablar de ello en Huaquero (una historia sobre la Historia), que busca no en el pasado reciente hacer preguntas sobre el orden de un país, mi país, como lo hace Pamuk (pongamos ese ejemplo), sino en los orígenes y el modo como se comercializa y se crea (u ocultan) significados con los materiales históricos y milenarios, formulando preguntas de cara al futuro en un momento crucial en la historia del Perú.

El artista, más que de lo lógico y lo matemático, está muy cerca de los sentimientos. Los sentimientos son los que nos permiten abrirnos a los errores. Y lo que se necesita con el pasado no solo es comprensión, sino compasión.

Definir sentimientos siempre es difícil. Encontrar los límites entre uno y otro, más difícil aún. Lástima… Siento que la compasión es un sentimiento ambigüo, de alguien que mira con lástima desde arriba al que sufre. Yo elegiría la misericordia, un sentimiento que pone nuestro corazón al lado del otro. Estamos así al nivel del que sufre. Lo que se necesita es misericordia, con los desplazados por el proceso de la Historia, no solo la reciente, sino reconocer sus valores, y recordarlos para que en su sabia disposición puedan salvarnos en el presente, proyectando su fuerza hacia el futuro.

Este es un programa que ya ha tenido su momento antes en la historia del Perú.

Regresando al Museo de la Inocencia, tanto el edificio Compasión como ese museo que alberga la inocencia de Fusun en Estambul, y al que todos los que lean la novela están invitados, no son espacios en los que los actores hayan encerrado en sus corazones estos sentimientos. Ni tampoco es la novela ese espacio lingüístico que albergue estas características: siguiendo la lógica de la madre del autor-narrador-protagonista-negro literario-autor. Kemal no es compasivo con Fusun, ni su museo será compasivo con la historia de la pariente pobre ni su producto final (la novela). Veremos por qué. En palabras de Kemal.

La idea de que algunas personas se pasaban la vida sufriendo debido a infortunios como la pobreza, la inconsciencia o el desprecio se me pasó lentamente por la cabeza hasta desaparecer, como el coche fúnebre. Tenía la sensación de que poseía una armadura invisible que desde los veinte años me protegía de todo tipo de problemas y desdichas. Parte de esa sensación me hacía intuir que, si le prestaba demasiada atención a las desgracias de los demás, también a mí me harían desgraciado y que podrían perforar mi armadura.

Uh. Fuerte.

Inocencia o sacrificio

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Antes de la pedida de mano, Kemal recuerda a Fusun niña el día de la Fiesta del Sacrificio. La descripción bíblica acerca del sacrificio del cordero por parte de Abraham, que en verdad es el sacrificio pedido por Dios y la entrega del hijo amado por el profeta. Esta fiesta tiene su correlato en el desangramiento que produce charcos de sangre y carnicería por todo Estambul, por un lado. (No hay que perder de vista el desangramiento político de la nación en aquellos años, al que los personajes de algún modo dan la espalda). Por el otro, queda clara la oposición entre modernidad y tradición en los años 70 en Turquía: entre los ricos que se alejan de esa ceremonia bárbara (así como el desangramiento virginal del que no se escandalizan, pues aceptan las relaciones premaritales) frente al respeto por el sacrificio que muestra el servicio doméstico (el pueblo siempre fiel), y la propia Fusun niña. Además son estos mismos sectores populares quienes realizan la ceremonia y se benefician de la carne del cordero después del degollamiento.

Ofrecemos el sacrificio para demostrar que nuestro compromiso con Dios, alabado sea, es como el del profeta Abraham… El sacrificio significa que estamos dispuestos a ofrecerle incluso lo que es más valioso para nosotros. Queremos tanto a Dios, señorita, que le damos hasta lo que más queremos. Y sin esperar nada a cambio.

Es Cetin Efendi, chofer de la familia, quien hace la precisión acerca del sacrificio de la inocencia. Es esta relación entre el sacrificio tradicional por lo divino versus el sacrificio por el ser amado, según la versión del chofer, la que coloca el segundo como superfluo. Es Cetin Efendi, quien conducirá a Kemal de Beyoglu a Cukurkuma para sus encuentros con la familia de Fusun, luego de que éste la vuelva a encontrar.

[Si Kemal amó a Fusun, el Dr. Muñoz amó a Marie… Por eso, Me he puesto el traje aquel]

Cuál es el sacrificio a elegir, estimados lectores, seculares y modernos todos ustedes, que hoy luchan por los derechos civiles de hombres y animales: ¿el amor a Dios o el amor a una persona (o animal) falible?

La cultura es dinero…

Fusun desaparece. Kemal es un fantasma en Estambul, paseando sus penas. Tiene dinero y posición pero como los desolados losers de Ribeyro, Bryce o Vargas Llosa prefiere la autodestrucción. Se aleja de su prometedora novia, se aleja de su círculo social. Todo sea por los objetos y los recuerdos de Fusun, los cuales empieza a coleccionar en el edificio Compasión . Esas preferencias sugieren una enfermedad… Según el razonamiento de quienes rodean a Kemal.

La enfermedad del coleccionista.

Si la posesión ya no es efectiva ni posible, entonces es necesario acoger obsesivamente todo lo que tocó Fusun. Todo lo que poseyó Fusun para aplacar la obsesión de la ausencia. Un coleccionista: un amante de lo tangible y la acumulación. Un amante que dicta la narración además, organiza esa explicación en un museo, primero tangible, se transforma luego en el escribiente, negro literario, que escribe ese museo lingüístico y literario que es la novela que estamos leyendo: El museo de la inocencia.

El circuito cultural.

Tres aspectos hasta aquí: literatura y museología.

Ahora agregamos: mass media: tv y cine.

Kemal finalmente se reencuentra con Fusun e inicia aquí una relación ambigüa con una Fusun casada (con un director de cine, Feridum, un bohemio, que permite que el potentado visite a su esposa y financie su productora de cine), y un Kemal que busca en principio excusas para ir a la nueva casa de los Fusun, y luego sin motivos se acerca al hogar de los Keskin para “sentarse a ver la TV”, la figura del pariente rico que compasivamente va a casa de los parientes pobres, pues “en verdad” desea ayudar en su proyecto cinematográfico al esposo de Fusun. Ambos (Feridun = Cultura y Kemal = Economía) ejercerán su regencia sobre Fusun (no me detendré en el elemento machista en el mundo musulmán presente y complementado por el padre de ésta).

Por otro lado, es el propio Kemal quien ejerce una suerte de protectorado sobre el esposo de Fusun, ambos han acordado hacer de Fusun una actriz. No obstante, juntos impedirán que ésta se convierta en una actriz famosa. La compasión será lo último que rija la vida de estos. Una suerte de actuación en la que prima lo no dicho, lo prohibido y lo censurado. La obsesión de Kemal en búsqueda de su propia felicidad anulará el tiempo de la familia, atrapados todos en la pantomima frente al televisor. Una vida doméstica regida por el tiempo de las noticias y los espectáculos. Los chismorreos y las insipientes secciones del cotilleo, que aún juega a los bailes sociales y los novísimos actores y actrices del cine turco, burla de Europa y máquina creadora de arquetipos. El tiempo en la sala de los Keskin… es un perpetuo y peligroso presente. Una suerte de museo, cuya narración será siempre ejercida por Kemal-Pamuk.

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La reflexión que se desprende de la larga y pormenorizada descripción de los días en los que Kemal visita platónica y castamente la casa de los Keskin, hace que nuestro narrador truculento haga una genial reflexión acerca del tiempo… Agarra esa flor Thomas Mann…

La característica fundamental de ese universo era que se encontraba “fuera del tiempo”… Quiero que el curioso que visita mi museo note, observando los trastos viejos de los Keskin, esos despertadores y relojes de pulsera rotos y oxidados… En su Física, Aristóteles diferencia entre los momentos individuales a los que llama “presente” y el Tiempo. Los momentos individuales, como sus átomos, son indivisibles, homogéneos. En cambio, el Tiempo es la línea que une esos momentos indivisibles. Por mucho que nos esforcemos, a pesar del consejo del Tarik Bey, en olvidar el Tiempo, la línea que une los presentes, nadie lo consigue del todo a excepción de los bobos y los amnésicos. Uno solo puede, como hacemos todos, tratar de ser feliz y de olvidar el Tiempo.

A mí entender, ocurre exactamente lo contrario. Lo normal es que se olvide la línea del tiempo. Los bobos la olvidan, sí, y son mayoría. Y los acumuladores crean la narración. La ceremonia de la vida doméstica en casa de Fusun, Kemal y sus padres, a veces el esposo, frente a la TV es un precedente de lo que estamos viviendo hoy: el tiempo es regido por la TV. El tiempo cíclico e infinito lo marca la TV y su programación que nunca acaba. El selfcast y el espectáculo que te fija en el presente, en el momento eterno de la TV por cable (el cotilleo, que es muchas veces una autorreferencia de la propia TV). Si en los 70 la marca del tiempo era el inicio y fin de la programación, que además reforzaba la identidad de la nación con la bandera y el himno nacional. Hoy la TV es global e infinita. El tiempo ha desaparecido. Y se ha hecho espacio en un museo virtual de objetos fijos, como al final explica Kemal.

Como la colonia que el ayudante del conductor va ofreciendo uno por uno a todos los pasajeros al principio de los viajes en autobús, la nuestra también nos hacía sentir a los reunidos cada noche ante el televisor que formábamos una comunidad, que compartíamos el mismo destino (una sensación que subrayaban las noticias de la televisión), que la vida era una aventura a pesar de que todas las noches nos encontráramos en la misma casa para ver la televisión, y la belleza de estar haciendo algo todos juntos.

Cine

Es sintomático que sea precisamente la prometida de Kemal, luego de que éste rompa con ella, quien ponga en evidencia la enorme significación que subyace detrás del cine turco. Al confesarle su amor por una dependienta, su pariente Fusun, será Sibel quien le revele que su amor obsesivo es una enfermedad… social.

–Que alguien como tú haga cosas raras por una dependienta, que viva en hoteles de Fatih, no es normal cariño… Si quieres curarte, antes tienes que admitirlo… Como en nuestro caso, el amor es el arte de que cada oveja vaya con su pareja. Aparte de en las películas turcas ¿has visto alguna vez que una joven rica se enamore del portero Ahmet Efendi o del maestro albañil Hasan y se case con él solo porque es guapo?

–Yo creo en las películas turcas… En el hotel Fatih la vida se parece a las películas turcas, créeme.

–Ahora he decidido que lo tuyo es un complejo que tiene que ver con el hecho de ser rico en un país pobre. Y claro, ése es un problema más profundo que un capricho pasajero por una dependienta. En Europa los ricos, muy educadamente, aparentan no serlo. Eso es civilización. En mi opinión, ser culto y civilizado no consiste en que todos seamos iguales y libres, sino en que educadamente todos nos comportemos con los demás como si lo fuéramos. Entonces no haría falta que nadie tuviera sentimientos de culpabilidad.

¿Europa, el primer mundo… siguen siendo lugares civilizados? ¿Alguna vez lo fueron?

Lluvia azul y Vidas rotas

El pretexto de hacer de Fusun una estrella de cine, digna de una telenovela mexicana, pronto se ve revelado como una imposibilidad necesaria. Impedir a toda costa una vida independiente fuera del tiempo detenido viendo la TV. Dentro del tiempo creado por Kemal, sus padres, su esposo, Estambul, Turquía… El mundo.

¿Tiene derecho Fusun a soñar una vida diferente siendo una artista?

Yo creo que sí.

Y sin embargo, me estremece pensar en ella, tan hermosa y sensual, en el cuarto de atrás, pintando los pájaros de Estambul. Lejos del círculo bohemio de actores, directores, productores y censores que se reúnen en el bar Papel Cebolla, para crear la Cultura en Libertad. Bello. El primer modelo de sus pinturas es su canario Limón. Nombre que a su vez será el que se use para nombrar a la productora que Kemal y Feridun fundan para hacer películas (después Publicidad): Limon Films.

Al aumentar los extraños placeres de aquella felicidad infantil que cada vez más disfrutaba en casa de los Keskin, me parecían más siniestros el mundo exterior a la casa y las calles de Estambul. Me hacía extraordinariamente dichoso observar con Fusun el cuadro del pájaro que estuviera haciendo, contemplar la lenta evolución de sus pinturas, hablar cuatro o cinco minutos por semana en voz baja en el cuarto de atrás sobre cuál pintaría después de los pájaros de Estambul que Feridun había fotografiado para ella, si la tórtola, o el milano, o la golondrina.

Entonces durante más de 8 años Kemal espera pacientemente sentado en la sala de los Keskin que al fin su pariente, vuelva a amarlo, lo roce con el brazo, vayan al cuarto de Limón a ver los cuadros de Fusun (cuán descriptivos los capítulos 4,213 colillas y A veces) hasta que al fin puede ser suya… Aunque como le advierte su madre, ya Fusun no será la misma, podrá, quizá, albergar malos sentimientos, como la amargura. Y atreverse a hacer cosas impensadas…

–En realidad me gustaría matarte –dijo poniéndose de pie.

Coleccionistas

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Antes de reencontrar a Fusun, Kemal se transforma en un coleccionista, y después de encontrarla alimenta esta lábil pasión. La marca de cada parte de la novela (según este ambigüo narrador) es afirmar que tal objeto que describe se puede apreciar así en su museo, al cual todos los lectores están invitados.

Al final de la novela descubrimos el pequeño truco del personaje que encarga la novela al escritor Pamuk. En este video es el Nobel turco el que nos cuenta sobre ese museo).

Las grandes instituciones de la cultura han sellado la versión de Kemal. Pero parece ser el museo la más importante de ellas, tal y como el mismo Pamuk cuenta con pasmosa frialdad. Ejercer una narrativa a través del museo. Y de manera ansilar, hacerlo desde la literatura.

Pamuk-Kemal es al mismo tiempo una suerte de guardián, vigilante de su museo y por qué no de su narrativa. Por eso dentro de la ficción se afirma que Pamuk-Kemal duerme en el centro de su museo:

Por la noches sentía dentro de mí no solo cada una de las piezas de mi colección, sino la profundidad del espacio. Los museos de verdad son los sitios en los que el tiempo se transforma en Espacio. De la misma forma que, según Aristóteles, la línea que une los momentos es el Tiempo, yo comprendía que la línea que uniera los objetos debía ser un relato. Así pues, un escritor podía redactar el catálogo de mi museo como si escribiera una novela. No me apetecía en absoluto intentar escribir por mí mismo un libro semejante. ¿Quién podría hacerlo en mi lugar?

Turquía es un lugar repleto de arte e historia. Del mismo modo que el Perú. No es casual que se incluya a Lima, dentro de las grandes capitales y sus colecciones nacionales y privadas. La división que hace Kemal de los coleccionistas es entre los Vanidosos (que se enrogullecen de sus colecciones y quieren exhibirlos, generalmente aparecen en la civilización occidental) y los Vergonzosos (que ocultan en un rincón lo que han reunido, una actitud nada moderna).

Pamuk se centra al final de la novela en los segundos.

La pregunta vuelve una vez más cuando Pamuk-Kemal reflexiona sobre estos seres, que desprecian a los que no son como ellos y muchas veces se desprecian entre sí. En dicho desprecio se mezclaba la envidia del coleccionista.

Uno de ellos le preguntó: Para qué quería todos esos objetos.

–Es que estoy haciendo un museo.

–No le estoy preguntando eso. Le pregunto por qué quiere todo esto.

Lo que aquella pregunta quería significar era que tras de cada persona obsesionada con recopilar objetos y apilarlos en un rincón subyace un corazón roto, un problema profundo, una herida espiritual difícil de explicar.

(…)

Años más tarde, cuando la vida me hizo encontrarme con los obsesivos, extraños e infelices coleccionistas de Estambul, cuando visitaba sus casa de papeles, basura, cajas o fotografías y cuando intentaba comprender lo que sentían aquellos hermanos míos al acumular tapones de gaseosas o fotos de artistas, lo que significaba para ellos cada nueva pieza, recordaba lo que yo sentía al llevarme cosas de casa de los Keskin.

(…)

–Me dan mucha pena las cosas que se tiran a un rincón y se olvidan –dije–. Los chinos creían que los objetos tenían alma.

–Nosotros, los turcos, tuvimos muchos contactos con los chinos antes de venir de Asia Central, lo decían hace poco por la tele.

(…)

Al transformar la casa en museo, la convirtió en una especie de casa de recuerdos, de “museo sentimental”, donde cada uno de los objetos que contenía resplandecía con sentido. Mientras andaba haciendo crujir el parquet por las habitaciones desiertas de la casa museo, en el que todos los vigilantes estaban dormitando, me poseyó un sentimeinto que casi podría calificar de religioso.

(…)

Pasear por el Museo Castelvecchio de Verona, subir sus escaleras, ver la luz sedosa que el arquitecto Carlo Scarpa hacía que cayera sobre las esculturas, por primera vez lograron que se me vinieran a la cabeza con claridad que la felicidad que proporcionan los museos no solo es posible gracias a sus colecciones, sino también al equilibrio con que se disponen cuadros y piezas. Sin embargo, el Museo de las Cosas en Berlín, que durante un tiempo se hospedó en el edificio Martin Gropius pero que luego se quedó sin hogar, me enseñó que también podría ser cierto justo lo contrario, que con inteligencia y sentido del humor se puede reunir todo, que debemos recolectar todo lo que nos gusta y todo lo que tenga que ver con nuestros seres queridos, y que, aunque no tengamos ni una casa ni un museo, la poesía de la colección que hemos reunido será una casa para los objetos.

Ahora sí, ¡que venga Huaquero!

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Acerca de Franco Cavagnaro Farfán

Novelista. He escrito la novela Huaquero http://bit.ly/1Y0CSxt y Me he puesto el traje aquel http://bit.ly/1Q2IpU3 Ambas ficciones forman mi Díptico del pasado.
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