Babel: la utopía en China

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Precisamente este año se ha reeditado Babel, el paraíso de Miguel Gutiérrez.

Publicada originalmente en 1993. Un par de años después de escribir su más monumental obra: La violencia del tiempo.

El epígrafe de esta novela (cuya autoría pertenece al escritor italiano Italo Calvino) muestra a las claras un relajamiento escritural y de aspiración, luego de los años y el silencio que le llevó escribir al gran autor piurano esa inmensa novela: por calidad y cantidad de hojas. En su riqueza narrativa y su ambición por constituirse en una ficción abarcadora y total.

Si pienso que debo escribir un libro, todos los problemas de cómo ese libro debe ser y de cómo no debe ser me bloquean y me impiden proseguir. Si en cambio pienso que estoy escribiendo toda una biblioteca, me siento repentinamente aligerado: sé que cualquier cosa que escriba se verá integrada, contradicha, equilibrada, amplificada, enterrada por los cientos de volúmenes que me quedan por escribir.

Me interesa esa marca: pasar de un proceso de derrama y depuración escritural a la contención. De este modo se registra que el afán abarcador (que impulsó la escritura de La violencia del tiempo) queda relajado por el afán de fabular un hecho personal: su paso por China, en momentos que el régimen comunista pasaba por su propia crisis y su recambio generacional (de ahí las coincidencias de la reedición del libro y las dificultades que la gran potencia China sufre ahora, haciendo retorcerse al mundo financiero global, precisamente este año, en esta sociedad de la información, esta babel asiática), al mismo tiempo que nuestro protagonista pasa por su propia crisis (disolución familiar, individualismo en busca de comunión).

Otro aspecto sobre la escritura de esta novela: la reconstrucción de las vidas de cada uno de los componentes de la Babel ideal del narrador, de esa comunidad internacional de la que se siente parte, es una muestra de la variedad narrativa e imaginativa de Gutiérrez, pero (y no sé si es un detalle que no se le escapa a quien se dedica a crear también fábulas) se nota el artificio de la fabulación.

Esa facilidad para fabular, signo del narrador con altos recursos.

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A la llegada del narrador-orador-lingüista a China, al hotel en el que todos los extranjeros se hospedan y coviven, realizando trabajos para el imperio, como traductores en algunos casos, es comunicado que debe rendir honores y pleitesías a las facciones en las que se divide el hotel. Para ser más exacto a la facción de hispanohablantes, compuesto a su vez por otras facciones. La comunidad sociolingüística del narrador-orador-lingüista. Al no seguir ese rito y más bien optar por ser parte de los rezagados y marginales mundiales de otras comunidades lingüísticas, nuestro narrador-orador es rechazado por todas ellas. Ante esto declara:

Culpo a mi distracción congénita y a cierta compulsión por expresar siempre lo que pienso de las numerosas torpezas que he cometido a lo largo de mi vida. ¿No sería deseable mis amigos que las relaciones humanas se basaran en la pura espontaneidad de los afectos y no en el cálculo de intereses ni en el imperativo de normas convencionales?

Así expulsado por estos grupos, con sus propios ritos de poder, sus propios clientelajes y deudas, nuestro narrador encontrará esa Babel (no en el sentido negativo del mito, sino de forma positiva) junto a otros artistas del mundo, otros outsiders de otras latitudes: Nepal, Filipinas, Inglaterra, USA, Francia, Nigeria, etc.

Quiero referirme solo al tema de la socialización en esta novela. Está claro que este lingüista, ha tenido ya en su país un proceso defectuoso de socialización. Hay una sección en la que narra sus efectos. Si hacemos una breve relación con ora novela, debería recordar la frase de Dorfman sobre este aspecto en el caso de Los ríos profundos. Dorfman equipara el crecimiento de Ernesto con el de la colectividad oprimida: los colonos. “Crecimiento de un niño, crecimiento de un pueblo” (Citado en Arguedas: 81) Y agrega algo revelador: “Y esta hazaña, epopeya interior, debe ejecutarla en el peor lugar del universo, el más aberrante de los sitios: Abancay”.

¿Qué entiende este narrador sobre el funcionamiento ideal de esta comunidad? Dice que debe existir la “solidaridad sin otro límite que el respeto a la privacidad y el libre albedrío. Simpatía humana, comunicación y entendimiento, entrega y disponibilidad para el requerimiento de los afectos y los deseos”.

Aquí un pequeño apunte, la novela es del 93, apenas ha caído el Muro, ni sombra de Internet como gran fenómeno. Y sin embargo el 2do punto que resalta de esta sociedad es el respeto a la privacidad. Este hallazgo es muy interesante porque al tiempo que encuentra que los ideales (los suyos) caen por la comprobación de lo que ocurre en China, se pregunta:

Cuando se pierde una fe … ¿es absolutamente necesario buscar una nueva para seguir viviendo? 

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Aquí es necesario aclarar que existe una continuidad entre el trabajo del lingüista (recuperar la lengua de una comunidad extinta en la selva, de la cual solo un representante alcanzó a dejar testimonio en unas cintas que en sus tiempos libres, el estudioso se dedica a desentrañar) y la historia de su amigo quien también ha perdido la fe (en ambos casos se podría hablar de una fe política, si es que esto pueda existir) y decide dedicarse a la arqueología.

Finalmente, la novela es una gran fabulación y el mismo lingüista se encarga de dinamitar esas ansias de comunión que parecía haber alcanzado al final de su estancia en la Babel asiática. Ansias que están muy bien expuestas:

Sí, repito, comunicarme con mis semejantes ha sido un objetivo permanente en mi vida, y dentro de ciertos límites, con concesiones de uno u otro tipo, lo logré en algunas ocasiones. Pero nunca perdí la esperanza de alcanzar la comunicación plena, sin que ello implicase la abdicación de una parte de ti mismo. Yo me decía: en algún lugar del mundo debe existir el espacio ideal donde sea posible saciar este humano deseo de comunicación, entendimiento y tolerancia.

Como toda ficción el guiño final de Gutiérrez nos devuelve a la fábula, nos hace conscientes de ella, allí donde la empatía total puede ser posible, superando las barreras del lenguaje y la cultura.

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Acerca de Franco Cavagnaro Farfán

Novelista. He escrito la novela Huaquero http://bit.ly/1Y0CSxt y Me he puesto el traje aquel http://bit.ly/1Q2IpU3 Ambas ficciones forman mi Díptico del pasado.
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