La muerte y la doncella: escena final, una interpretación

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Al ser una versión de la obra de original de Ariel Dorfman, esta obra de teatro me impactó por el final.

En una de sus declaraciones, Dorfman dice:

¿Qué pasó con ese joven colérico, súper politizado, con una concepción determinada del arte, que no quería escribir en inglés ni vivir en Estados Unidos? Termina con otra concepción política, un pacifismo muy fuerte, y una vocación de paz mucho más que de guerra”.

Los finales de las ficciones, así como los inicios, siempre son significativos. Siempre.

La línea argumental es, a grandes rasgos: una pareja de esposos en crisis. Ella (Paulina: Cécica Bernasconi) con un pasado de tortura política, él (Gerardo García) con un futuro prometedor como miembro de la Comisión de la Verdad que ha de investigar a los responsables (y sus excesos) de esas torturas. El mismo día que se le propone presidir esa comisión, el esposo queda varado en la carretera y es auxiliado por un hombre (el doctor Miranda: Hernán Romero) a quien invita a casa luego de que le brinda ayuda. Después, muy tarde esa misma noche, el hombre va a casa de los esposos y le dice que se ha enterado por radio (por azar) el cargo por el que es voceado. Entonces quiere felicitarlo por la responsabilidad que va a asumir. La esposa, guarecida tras la puerta de su habitación, escucha y reconoce la voz y la presencia de su torturador (nunca lo ha visto, pues siempre tuvo los ojos vendados). Decide atacar y maniatar a su torturador (en una escena un tanto surrealista). Desde ahí la obra es un diálogo intenso entre víctima y victimario por revelar el crimen original. El esposo, como una suerte de mentor, guía, disuade, desde su posición.

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A pesar de su consciente ambigüedad, la obra deja (al menos en esta versión y según mi interpretación) cierta claridad en relación a la verdad acerca de la identidad del supuesto torturador.

En principio el final es el siguiente. Baja el telón. Aparecen esposo y esposa. Vestidos de gala de espaldas al telón y frente al público, sentados uno al lado del otro: murmuran, escuchan. En el extremo opuesto una silla vacía. La idea hasta aquí (luego de que toda la obra ha sido una puesta en escena claustrofóbica, toda concentrada en la sala de un pequeño departamento) puede ser: ella lo mató, tomó la justicia por sus manos frente al torturador. Se impuso a la ley representada por el esposo, la racionalidad, los derechos.

De inmediato, el esposo se dirige hacia el público y declara sobre lo bien que se está llevando el proceso de escucha a las víctimas, la necesidad de expresar el dolor, etc.

Finalmente vuelven a sus lugares. De pronto, se escucha la pieza de Schubert: la muerte y la doncella, pieza con la que solía torturar el victimario a su víctima. Entonces aparece el torturador. La silla deja de estar vacía para ser ocupada por el torturador. Ella se muestra desencajada, sobrecogida. Fin de la obra.

Lección a aprender

La víctima acepta la presencia social del torturador. Acepta la música que el torturador solía escuchar, en una nueva situación, ésta es una situación de reconciliación, una nueva situación social.

Si la víctima acepta al torturador (ya casi estereotipada conjunción maldad-calidad culta del agresor), acepta la estética musical de la tortura, junto a quien es parte de la comisión de la verdad, entonces es claro que la víctima acepta esa nueva situación social-legal. Por lo tanto: deben los espectadores, público que ha sido involucrado dentro de la ficción en esa última escena, aceptar también al victimario a favor de una reconciliación sin castigo.

El torturador anda suelto y puede asistir a un evento social.

¿Él tendrá también derecho a disfrutar de Schubert?

¿Es ésta es la paz que Dorfman propone?

PD:

(Definitivamente primero fue la creación y después la visualización de esta obra de teatro. Sigo pensando en los vasos comunicantes entre ella y mi novela Huaquero: Mayana, la hija de un huaquero, traspone las murallas del castillo. Como aprendiz de un antiguo coleccionista, descubrirá los secretos del arte, mientras en el desierto norteño, Torcuato, un investigador rudo y sombrío, deberá develar un misterio que el desierto parece ocultar).

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SAMPLER

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Teatro de Lucía: (Bellavista 512, Miraflores)

Entrada General: S/. 50
Estudiantes: S/.25
Jubilados: S/.35
Jueves y lunes popular: S/. 30 (único precio)

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Acerca de Franco Cavagnaro Farfán

Novelista. He escrito la novela Huaquero http://bit.ly/1Y0CSxt y Me he puesto el traje aquel http://bit.ly/1Q2IpU3 Ambas ficciones forman mi Díptico del pasado.
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