El juicio de la Ficción

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HHhH (2010) es la primera novela del francés Binet Laurent.

Binet Laurent no es historiador, es hijo de un historiador, pero se comporta en los bordes de su ficción como si fuera un historiador.

Ambas cosas pesan al final en la redacción de una novela.

Binet Laurent ha sacrificado su novela a sus escrúpulos de historiador.

No obstante, nos regala a los novelistas una novela sobre el acto de escribir, de ahí su importancia y su impacto. Tan importante también como su tema: su obsesión por Reinhard Heydrich.

Pero para alcanzar ese impacto ha sacrificado su propio artefacto.

Mi historia está agujereada como una novela, pero en una novela normal es el novelista quien decide la ubicación de esos agujeros, derecho que aquí he rechazado por considerarme esclavo de mis escrúpulos.

Una suerte de paradoja. La narración de una novela es como la vida, uno elige una cosa u otra. Quien no decide, se engaña, pues la no elección es en sí misma una elección. Sin embargo, me parece que elegir en la ficción es más fácil. En la vida, no hay vuelta atrás.

La Historia es la única verdadera fatalidad: se la puede releer en todos los sentidos pero no se la puede reescribir.

La Historia es el pasado y se comporta como la vida. ¿Pero la historia (el pasado o la vida) es imposible de reescribirse?

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Laurent elige sacrificar su novela a su decimonónico modo de entrometerse en la ficción como un Balzac o un Víctor Hugo. (Desde luego, yo podría, incluso debería describir detenidamente, a modo de introducción en una decena de páginas, siguiendo el ejemplo de Victor Hugo, la apacible ciudad de Halle, donde nació Heydrich en 1904. Hablaría de las calles, de las tiendas, de los monumentos…). Incluso tiene el atrevimiento de despotricar contra Flaubert, para luego salvarlo por Salambó, su novela histórica.

Durante quince años detesté a Flaubert porque me parecía responsable de determinada literatura francesa, desprovista de grandeza y de fantasía, que se complacía en la pintura de la mediocridad, sumiéndose con delicia en el realismo más fastidioso, regodeándose en un universo pequeñoburgués que pretendía denunciar. Pero entonces leí Salammbô, e inmediatamente entró en la lista de mis diez libros preferidos… En su correspondencia de la época en que redacta Salammbô, Flaubert se inquieta con respecto a la documentación: «A propósito de una palabra o de una idea, me pongo a investigar, me entrego a divagaciones, entro en un sinfín de ensoñaciones […] En cuanto a la arqueología, lo que tiene que ser es “probable”. Basta con eso. Con tal que no se pueda demostrarme que he dicho absurdeces, es lo único que pido.» Y también es él quien me da una total garantía cuando escribe: «Valemos más por nuestras aspiraciones que por nuestras obras.» 

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Hijo de historiador que se comporta como historiador.

La arqueología… Uhmmmm.

Y sin embargo, HHhH no es solo decimonónica es también posmoderna: ese modo de entrometerse y documentarnos precisamente al borde de la ficción, es un rasgo también de nuestra época. Aunque no es nihilista, porque Laurent (tratando de cuestionar a Las benevolentes de Littell) cree (no sé si ingenuamente o no) en la Historia:

He leído en un foro lo que decía un lector muy convencido a propósito del personaje de Littell: «Max Aue suena verdadero porque es el espejo de su época.» ¡No! Suena verdadero (para algunos lectores fáciles de engañar) porque es el espejo de nuestra época: nihilista posmoderna, por resumir.

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Heydrich, carnicero ideológico de la Solución Final nazi.

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Una novela es documentación, investigación. ¿El acto de escribir nos hace expertos en un tema que nos obsesiona y que queremos recrear en la ficción? Sí. Definitivamente, sí. El acto de sumergirse en un tema, amarlo obsesivamente, es tan parecido a eso, a una obsesión y celebré junto a Laurent su  neurosis en búsqueda de Heydrich, la bestia rubia, el carnicero de Praga. No es común en todos los novelistas, para algunos debe ser inútil, pero Laurent lo comprende porque Laurent busca la verdad de los hechos. Su objetivo es otro. No es la verosimilitud de la cual se burla. Es la verdad tal cual. Cree en la verdad. Lo cual es contraproducente con la forma de su novela. No es sensato y por eso no sigue los consejos: «Sobre todo, no traten de ser exhaustivos», decía Barthes.

Aprendo multitud de cosas, y aunque algunas no guardan más que una lejana relación con Heydrich, me digo que todo puede servir, que hay que impregnarse de una época para comprender su espíritu, y luego el hilo del conocimiento se desenrolla solo, una vez que se empieza a tirar de él. La amplitud del saber que llego a acumular termina por asustarme. Escribo dos páginas cada mil que leo. A ese ritmo, moriré sin haber evocado más que lo que serían los preparativos del atentado. Siento claramente que mi sed de documentación, sana en principio, se torna poco a poco en perjudicial: en resumidas cuentas, se convierte en un pretexto para demorar el momento de la escritura.

La exuberancia y turgencia de su documentación es un reflejo de nuestra época, la profusión de información es casi abrumadora y paraliza. La no mente es incluso apabullante para el historiador acostumbrado a clasificar, a segmentar la historia. La parálisis es la imposibilidad de decidirse por un camino. La sobreinformación nubla la imaginación también. Puesto contra las cuerdas de su parálisis, Laurent le echa la pelota a los novelistas: son falsificadores, hábiles tramposos, prestidigitadores.

(4)

Laurent despotrica contra la construcción de personajes. Luego de terminar de leerla entera, pienso ¿qué tan buena estuvo la construcción de los suyos? ¿Qué fue mejor: el reflejo de lo que Laurent resolvió en su historia en la construcción de su personaje principal Heydrich o fue la documentación de la Historia la que construyó algo que no se acercó al terror que la bestia rubia debía infundirnos dentro de la ficción? Son dos cosas diferentes, eso lo sabe bien un escritor de verdad. ¿Sacrificó en su indecisión Laurent la carne y los huesos de sus personajes? ¿Ha sido una estratagema el hecho de que Laurent haya relantizado la narración del atentado para crear una atmósfera que ha ido en desmedro del clímax de su narración? Entre esa atmósfera y la narración misma del atentado hay una diferencia muy clara en extensión de páginas y calidad…  Si Laurent desprecia la construcción de personajes y cita a Kundera para quien la invención de nombres de personajes es también algo insoportable, y Laurent lo lleva al extremo diciendo lo ridículo que es “crear” personajes, no se convirtió él mismo como narrador en un personaje rebajado de su novela…

Nada hay más artificial, en un relato histórico, que esos diálogos reconstruidos a partir de testimonios más o menos de primera mano, so pretexto de insuflarle vida a las páginas muertas del pasado. En estilística, esta forma se emparenta con la figura de la hipotiposis, que consiste en describir un cuadro tan vivamente que le dé al lector la impresión de tenerlo delante de sus ojos.

[…]

Estoy absolutamente convencido de que si yo hubiera podido estar dentro de su cabeza en ese preciso instante habría tenido material para contar durante centenares de páginas. Pero no estaba dentro de su cabeza y no tengo ni la menor idea de lo que sintió, jamás podría encontrar, en mi pequeña vida, una circunstancia que me hubiera permitido aproximarme a un sentimiento, incluso muy desvaído si cabe, semejante al que lo estuvo invadiendo en aquel instante. Sorpresa, miedo, más un torrente de adrenalina que acude en tropel por las venas como si todas las válvulas de su cuerpo se hubieran abierto a la vez.

Es que Laurent tiene miedo a la ficción, se aterroriza de solo pensar en su poder, se siente invadido…

Pero estoy demasiado corrompido por la literatura. «Siento crecer en mí algo peligroso», dice Hamlet, e incluso en un momento parecido es de nuevo una frase de Shakespeare la que me viene a la cabeza. Que me perdonen. Que ellos me perdonen. Todo esto lo hago por ellos.

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HHhH: “El cerebro de Himmler se llama Heydrich”.

(5)

Solo muy brevemente será poseído por la magia de la narración y es para el clímax de su novela:

Veo a unos hombres de uniforme verdegris cuyas botas resuenan sobre el pavimento. Estoy casi allí. Debo ir. Es preciso que vaya a Praga. Debo estar ahí en el momento en que todo se va a producir. Debo escribirlo allí… La tierra dejará de girar exactamente al mismo tiempo que el Mercedes. Pero todavía no. Sé que todavía es demasiado pronto. Todo no está aún completamente en su sitio. Aún falta algo que decir. Sin duda, querría poder dar marcha atrás a ese instante eternamente, aunque todo mi ser propende hacia él con tanta intensidad.

Hermoso. “Todo mi ser propende hacia el lugar donde reside mi ficción”, el lugar donde mi fantasía me espera. ¡Ohhh cuán cierto, qué embriagador el poder de la ficción…! Laurent es el mejor personaje de la novela y definitivamente tiene más carne que Heydrich a quien ha descuartizado como un carnicero.

Tengo treinta y tres años, bastante más edad que Tujachevsky en 1920. Es 27 de mayo de 2006, día del aniversario del atentado contra Heydrich. La hermana de Natacha se casa hoy. No estoy invitado a la boda. Natacha me ha tratado de «pura mierda», creo que no me aguanta más. Mi vida parece un campo de ruinas. Me pregunto si Tujachevsky se sintió tan mal como yo cuando comprendió que había perdido la batalla, cuando vio a su ejército derrotado y fue consciente de su lamentable fracaso. Me pregunto si creyó que estaba quemado, acabado, pulverizado, si maldijo su suerte, la adversidad, a quienes le habían traicionado, o se maldijo a sí mismo. En todo caso, sé que renació. La rueda gira, es lo que siempre me digo. Natacha no llama. Estoy en 1920, delante de las murallas estremecidas de Varsovia, y a mis pies corre, indiferente, el Vístula… No tengo más remedio que inclinarme, una vez más, ante el inconmensurable y nefasto poder de la literatura. 

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Acerca de Franco Cavagnaro Farfán

Novelista. He escrito la novela Huaquero http://bit.ly/1Y0CSxt y Me he puesto el traje aquel http://bit.ly/1Q2IpU3 Ambas ficciones forman mi Díptico del pasado.
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Una respuesta a El juicio de la Ficción

  1. Jodie dijo:

    That was beautiful. I love how even after 8 years you keep your si#s;r&t8217es memory very much alive. The story is sad, but I don’t feel sorry for you, instead I celebrate you because you have empowered yourself and you have allowed this tragedy to make you a better person, not a bitter person. It takes courage to do that and you have that quality in abundance. May God bless you and your family.

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