La Pilarcita

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Pienso: un libro tiene poderes.

Las palabras determinan. Y hay responsabilidad al evocarlas.

Hay un precio que pagar cuando se escribe, cuando se crea un mundo.

¿José Donoso lo sabía? Claro que sí y sin embargo siguió adelante, determinando muchas cosas al hacerlo, condenando a los que lo rodeaban. ¿El precio que pagó fue muy alto? Quizá. Su vida familiar y su propia vida.

Ok Pilar Donoso, hija adoptiva del más grande novelista chileno, José Donoso, escribe un libro que trata de desentrañar los diarios inéditos de su padre. En el proceso, Pilar descubre lo ya sabido, y descubre lo que el padre realmente sentía sobre su vida familiar (sobre su hija adoptiva). Nada fácil. Descubrimiento terrible. Pilar Donoso publica el libro sobre los diarios de su padre en el 2009, titulado: Correr el tupido velo. Existe un proyecto de novela esbozado entre esas páginas. José Donoso, el novelista, ha pensado escribir una novela (que nunca escribió) sobre una hija que descubre los diarios personales de su padre y se suicida luego de leerlos.

Y así ocurre en la realidad, a Pilar Donoso (la de carne y hueso) le encargan leer y escribir los diarios de su padre, luego de terminado el proceso, se suicida.

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Saliéndome un poco del libro, me pregunto ¿cuáles son hasta aquí las responsabilidades del escritor? Luego del impacto inicial, me hago esta pregunta. Como un aparte recuerdo una cita que grabé en mi Kindle, cuando leí Elizabeth Costello de J. M. Coetzee (sí, no tiene nada que ver con Donoso, pero vale por eso mismo: si no tiene nada que ver, entonces tiene todo que ver. Nueva irrupción: debemos también ser justos, en verdad Coetzee ha pagado un alto precio).

Cito a Elizabeth Costello (alter ego de Coetzee): El negocio de contar historias se parece a muchas cosas. Una de ellas (eso dice ella en uno de los párrafos que todavía no ha tachado) es una botella con un genio dentro. Cuando el narrador abre la botella, el genio es liberado al mundo y cuesta Dios y ayuda volver a meterlo dentro. La posición de ella, su posición revisada, su posición en el crepúsculo de la vida: es mejor, en general, que el genio se quede en la botella.

[…] 

—Lo que digo —dice Elizabeth, mirándose el reloj (quedan diez minutos, el teatro se está empezando a llenar, ella tiene que seguir adelante, no hay tiempo para ser amable)—, lo que sostengo es que tenemos que tener cuidado con los horrores como los que usted describe en su libro. Nosotros los escritores. No solamente por el bien de nuestros lectores, sino también pensando en nosotros mismos. Lo que escribimos puede ponernos en peligro, o eso creo yo. Porque si lo que escribimos tiene el poder de hacernos mejores, seguramente también tiene el poder de hacernos peores. No sé si está de acuerdo.

[…]

Esta va a ser hoy mi tesis: que no es bueno leer ni escribir ciertas cosas. Para explicarlo de otro modo: me tomo en serio la afirmación de que el artista arriesga mucho al aventurarse en lugares prohibidos: se arriesga él mismo de forma específica. Y tal vez lo arriesga todo. Afirmo esto en serio porque me tomo en serio el hecho de que los lugares prohibidos están prohibidos.

Ok. Fuerte. A la luz de lo sucedido con la Pilarcita, definitivamente que la responsabilidad de Donoso lo alcanza incluso más allá de la vida.

La propia Pilarcita escribe (quiero que observen el nivel de determinismo que adquiere el Texto o La Palabra, esto me hace recordar que en mi tesis de licenciatura escribí sobre la enfermedad de los libros, en fin, atención): Mi padre me enseñó a mirar, a observar, a escuchar a través del dolor y de las fisuras internas. La falta de identidad, de esa identidad tribal, ancestral, de la que no tengo conocimiento, finalmente la encontré en estas páginas. De modo que hoy sí tengo una historia, mi propia historia. Solo hace falta correr el tupido velo.

Mmmmmm.

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Volvamos entonces al libro en sí.

Correr el tupido velo (2009) es sobre todo la reconstrucción de un padre.

El fantasma del padre sobre su hija. Una que ni siquiera lo es de un modo biológico.

Y, además, en este caso, el padre es un escritor.

Y no cualquiera. Uno que en sus diarios y escritos se revela tan paranoide y desmesurado como en sus ficciones, pero sobre todo en una que me deslumbró: El obsceno pájaro de la noche (1970)

Todo el 2012 me estuvo rondando Correr el tupido velo.  Me bajé Las palabras preliminares, que Alfaguara colgó en su web, y estuve comentándola con amigos que la leyeron incluso antes que yo cuando les insuflé el vichito. Esta frase de la Pilarcita me hechizó: Uno logra ser uno mismo cuando los padres se mueren. Aunque de inmediato, ella agrega: Qué mentira. No ha sido así en mi caso; ahora he tenido que hacerme cargo de su vida mucho más que cuando vivía.

Otra: Al leer sus diarios no puedo sino confirmar que él, más allá de su arte como novelista, tenía una seria disfunción respecto de la realidad.

Otra: Le pregunté qué quería que dijera su epitafio y me contestó: –Escritor. No quiero nada más. Eso he sido.

Vuelvo al oficio de escribir (el libro está plagado de esta enorme reflexión. Donoso -como todo ser consciente de su oficio- era super consciente de el arte de escribir, de sus recompensas y sus precios a pagar): ¿cómo ser uno en pleno siglo XXI? ¿Cómo entiende alguien alejado de la gran pasión de escribir (y leer) qué es ser uno? No un poeta, ni siquiera un prosista. No. Ser un escritor. Estar definido por los textos. No sólo como pasado y porvenir, sino definido por sus entramados, como si en realidad se estuviera cortado (o mal cortado por ellas). Definido por la palabra. Definido por el Verbo. Un escritor armado solamente con sus palabras. La única certeza y a veces ni eso. Y sin embargo solo eso.

Hablando de Chile a su regreso de su periplo por Estados Unidos y Europa, Donoso escribe: ¿Qué puede hacer un escritor en esta atmósfera? ¿Cómo librarse del paralizante peso de la noche que mantiene a los burgueses neuróticos y a los pobres, neuróticos también y además hambrientos? ¿Cuál es el papel del escritor? 

Yo añadiría ¿y la clase media peruana que conforma el 70% de la población?, ¿o los peruanos con celular cuya rebosante cifra es sinónimo de progreso? Ups :) ¿Neuróticos también? (¡ja! Disculpen la ironía. Paroxismo).

Tupido velo = Máscara

José Donoso describe al respecto del famoso velo o la máscara a su hija: Lo que hay detrás del rostro de la máscara nunca es un rostro. Siempre es otra máscara […] Lo que sí creo es que la vida humana consiste en un refinado y complejísimo sistema de enmascaramientos y simulaciones. Tienes que defenderte.

¿Dónde comienza la máscara y dónde acaba? Si esto ya es problemático para cualquier ser humano, en el caso del escritor, lo es más. Pues las máscaras se multiplican. Y se multiplican desde dentro hacia afuera en forma de texto dentro de sus ficciones.

Manías

Las manías del escritor Donoso: las viejas, la suciedad, su relación con su esposa (soterradamente destructiva) que los lleva a intentar tener un bebé y el sexo se vuelve doloroso y automático (nunca pudieron conseguirlo, por eso debieron adoptar a la Pilarcita).

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De entrada la imagen de la Pilarcita sobre su padre es la paranoia. La paranoia de ser descubierto en sus misterios, estos del orden que fueran. El tema es obviamente su homosexualidad. La Pilarcita escribe: Mi padre siempre está pensando en que va a ser descubierto. Su angustia asoma en ciertos episodios de la vida diaria. 

Donoso replica para sí: De dónde salió, de dónde vino esta sensación, esta neurosis, y está quizá o seguramente, vinculada con la suciedad granujienta de las viejas de El obsceno pájaro de la noche, siento que en una forma muy profunda, y muy abarcadora, me identifico con la suciedad asquerosa de las viejas, y por eso no toco ni me dejo tocar, más que en relaciones que yo mismo puedo contemplar como sucias. ¿Y por qué como una suciedad imaginaria, relacionada con la sexualidad, me separa, hace imposible o dificilísima, la relación mía tanto con las mujeres como con los hombres?

Clochard

Y como un primo hermano de la sensación de suciedad, la idea del clochard, del mendigo, del desposeído.

Recuerdo la envidia que me daba ese hombre que no tenía miedo porque no tenía nada que perder, cómo el clochard quedaba situado fuera del miedo, fuera de la envidia, como era, de alguna manera, la imagen del poder, yo quería ser él… Los seguía, les hablaba, sentía que la necesidad de ponerme en contacto con el mundo de ellos aumentaba, crecía, me obligaba a buscarlos una y otra vez, de nuevo con ese deseo de abandonarlo todo, de borrar mis huellas, de dejar atrás mi identidad y ser uno de ellos, en Santiago, en Buenos Aires, en Marruecos, en cualquier parte del mundo. Era la libertad de la destitución, de no poseer nada ni ser nadie, lo que en ese momento me seducía, más aún, lo que envidiaba obsesivamente.

Los temas del escritor

La lucidez es siempre relativa para un escritor, aunque sea la esencia de su literatura, aquello que él utiliza para recrear lo más oscuro.  Uno lee los diarios de los escritores y no puedo dejar de percibir lo profundamente determinados que todos estuvieron al elegir su tema y sus formas, qué cosa más tremendamente obsesiva y esclavizante es la literatura.

Un espacio significativo

Esto me encantó y lo tomo como una afirmación natural sobre el oficio de escribir, el oficio de un verdadero escritor. Pocas cosas me interesan más en una novela que yo escribo que la creación de un espacio significativo, que es lo contrario del espacio realista en que todo el mundo reconoce lo que ya conocía de la realidad, y cree dar una opinión literaria diciendo que en realidad es igual a la ficción, y que está muy bien reproducida. A mí me parece que lo contrario es lo importante: que la ficción tome elementos de la realidad, pero que la agigante, que le dé una dimensión y un significado posiblemente simbólico, o metafórico más bien, de modo que el espacio literario tenga una autonomía literaria y no sea necesario compararlo con el espacio natural para apreciarlo.

El final

Hacia el final en su lecho de muerto, Donoso empieza a preocuparse de su propia obra, el destino de sus libros y sus palabras. Esto me parece increíble. Su hija recuerda esa obsesión (solo un escritor puede ser consciente de ello, incluso cuando está a punto de morir). ¿Cuanto tiempo trascenderá su obra realmente? Se lo pregunta una y otra vez. Le dice a la Pilarcita: Cuando voy a la tumba de mis padres en Zapallar me produce el desgaste espiritual más grande. Yo sé que tus hijos van a olvidarlos, no se van a acordar de ellos, y así pasará luego conmigo […] Quien no escribe no deja huella, y quien no lee muere por no conocer las necesarias huellas de sus mayores.

Entonces el día de su muerte, la Pilarcita cuenta que ofreció leerle algo. Busqué algunos libros de poemas en la biblioteca de la casa. Elegí a T.S. Eliot, Cavafis y a Huidobro, sabiendo que estos le gustaban. Donoso elige a Huidobro. Al comenzar la lectura me estremecí, a medida que leía cada estrofa lo estaba invitando a morir, mis lágrimas no se contuvieron y caían sobre cada verso. Seguí con la lectura hasta que se quedó dormido. Le leí, invitándolo inconscientemente a entregarse, a dejarse llevar, a “caer” a la entrega, a la muerte implacable, ineludible:

Cae al último abismo del silencio

Como el barco que se hunde apagando sus luces.

Todo se acabó…

Entonces regreso al suicidio de la Pilarcita. Estamos ante la vida familiar de una hija adoptiva con el padre siempre presente en casa, escribiendo, luchando contra el fuelle y el yunque para amoldar su prosa, encerrado en sí mismo en esa tarea del lenguaje, pero a pesar de esa ausencia, jugando un rol abarcador en el mundo interior de su hija, el rol de quien escribe el contenido del alma de su hija y la ama. (Escribir el alma. Escribir el alma de tus hijos. Escribir tu propia alma. La Palabra nuevamente). Luego Donoso dependerá de todo lo práctico de ella, amando y odiando esa relación desigual, pues ella administraba el dinero del matrimonio, y él algo paranoico sospechaba que le robaba.

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Encuentro esta frase significativa al final de su emotivo y revelador libro sobre el padre que tanto amó.

Aceptar la pérdida de mi padre me ha costado casi diez años, pues la vida no era concebible sin él; me lo había enseñado así, me había hecho creer que era inmortal… y le creí.

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Acerca de Franco Cavagnaro Farfán

Novelista. He escrito la novela Huaquero http://bit.ly/1Y0CSxt y Me he puesto el traje aquel http://bit.ly/1Q2IpU3 Ambas ficciones forman mi Díptico del pasado.
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